Ella contemplaba fascinada desde su ventana aquel hermoso arco iris, cuando por fin se arreglo y decidió salir a declararle su amor. Ya estaba a 3 cuadras de su casa, cuando se derrumbo el cielo. Esa lluvia atroz, de la que muy poca gente pudo salvarse. No sabia como cubrirse de ella, aunque mucha importancia no le dio, ese arco iris se había desteñido. Aun así, se metió en un hogar cercano. Desconocía aquel lugar, pero no le quedo otra opción. No había nada allí dentro, lo único que hallo fueron unas escaleras que despertaron su curiosidad, la cual la obligo a bajarlas de inmediato. Lo único que encontró en ese vacío fueron rocas.
Al cabo de 3 horas decidió asomarse con la esperanza de ver nuevamente a su dichoso arco iris. No fue así, aunque la tormenta había finalizado dejando en su lugar un cielo nublado que permaneció de esa manera durante un largo tiempo. Al llegar a su casa, se saco esos incómodos pero sin embargo esplendidos zapatos y se dio cuenta de la gran cantidad de piedras que se habían escondido ahí dentro. Desde ese día, ignorando el por que, las colecciona. Grises mas claros, grises mas oscuros, todos bienvenidos en la enorme colección. Parece gozarlo, mas aun sabiendo lo mucho que le gustaría coleccionar estrellas, tan iguales y diferentes, cada una con su brillo tan particular. O probablemente nubes, de esas que tanto despertaban su dormida imanación. O tal vez flores, tan bonitas, al menos hasta que se marchitan. Pero coleccionaba piedras, no marchitan, no mueren, son eternas, todas del mismo color.
miserable lluvia, miserable muchacha.
miserable gris.
yotengounsapoquesellama Pepe
martes, 18 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
Fax U
Su dilema más exclusivo era la monotonía de su existencia, cuando ese vacío comenzó a rebalsar con temor, sospechas, dudas. Inquietudes que conseguían mantenerla indiferente a todo eso que lograba conservarla satisfecha, o al menos entretenida.
¿Por que no podría complacerla su vida?
tal vez le parecía tan absurda, regular, que se dedicaba a arrojar piedras en su camino. Piedras insólitas, rocas que nadie sabia donde encontrar. Aun así las buscaba, las anhelaba, estimulando su desacuerdo con lo ordinario.
Sin embargo, esa desigualdad no era un complejo.
Con el tiempo se permitió evadir algún pensamiento acerca de su realidad, y de esta manera lograr asumir con facilidad. Se rehusaba a afrontar su alteración, cuando se dio cuenta qué ilógico era, acabar siendo, ella misma su mayor misterio.
¿Por que no podría complacerla su vida?
tal vez le parecía tan absurda, regular, que se dedicaba a arrojar piedras en su camino. Piedras insólitas, rocas que nadie sabia donde encontrar. Aun así las buscaba, las anhelaba, estimulando su desacuerdo con lo ordinario.
Sin embargo, esa desigualdad no era un complejo.
Con el tiempo se permitió evadir algún pensamiento acerca de su realidad, y de esta manera lograr asumir con facilidad. Se rehusaba a afrontar su alteración, cuando se dio cuenta qué ilógico era, acabar siendo, ella misma su mayor misterio.
La sal no sala y el pervinoX no cura
Sólo bastaba golpear su puerta para que su garganta estalle en gritos. Se somete a sus propias trampas tirando piedras en su camino, para luego tropezarse y caer, lastimandose. Simula levantarse, más allá del gran moretón que le quedo en la rodilla.Ese cielo que tanto anhelaba suplicaba ser contemplado desde su ventana, sin embargo su negación la obligaba a mirar al costado, mientras que la atmósfera se oscurecía sin darse al menos una chance de apenarse. Pobre cielo, con entusiasmo y energía combina los colores mas hermosos y se arregla para despedirse de ella que ni se detiene a observarlo. Un espectáculo de luces estalla en su ventana, incapaz de arrancarle una sonrisa. Ella tan indiferente como siempre.
Aun así, le quedo un maravilloso atardecer menos para contemplar en su vida.
NLee.P.
Cuan complejo puede ser adjudicarme la materialidad del ser, sobre todo en la etapa que estoy pasando, según todos es difícil. Logrando entretenerme esparciéndome en juegos de niños inocentes, hasta que caigo en un profundo pozo del que me cuesta salir y estoy sola, no se trepar.
Que locura, que absurdo, concluir en la profundidad, donde lo unico que logra invadirme es la soledad y mis pensamientos. Encerrarme en un aroma pacifico y esas melodias que me transportan al lado oscuro de la luna.El cd termina, el sahumerio se consume y vuelvo a percibir la esencia del ambiente, recayendo en mis inquietudes y temores.
Veo una sombra arriba, sonrio con esperanzas de salir de este naufragio innecesario, cuando la sombra se escapa de mi abismo transformandose solo en una ilusion. No pretendo salir ahora mismo, sino caer en uno mas agradable, donde las siluetas no desaparezcan tan rapido. Anhelo hallar esa cueva donde las melodias finjan ser eternas y las fragancias permanezcan lo que dura la adolescencia. No quiero tardarme demasiado, porque si no llego, ya no voy a caer en pozos, ni van a ser un problema, el problema va a ser supongo, encontrar un pozo en el cual caer.
Que locura, que absurdo, concluir en la profundidad, donde lo unico que logra invadirme es la soledad y mis pensamientos. Encerrarme en un aroma pacifico y esas melodias que me transportan al lado oscuro de la luna.El cd termina, el sahumerio se consume y vuelvo a percibir la esencia del ambiente, recayendo en mis inquietudes y temores.
Veo una sombra arriba, sonrio con esperanzas de salir de este naufragio innecesario, cuando la sombra se escapa de mi abismo transformandose solo en una ilusion. No pretendo salir ahora mismo, sino caer en uno mas agradable, donde las siluetas no desaparezcan tan rapido. Anhelo hallar esa cueva donde las melodias finjan ser eternas y las fragancias permanezcan lo que dura la adolescencia. No quiero tardarme demasiado, porque si no llego, ya no voy a caer en pozos, ni van a ser un problema, el problema va a ser supongo, encontrar un pozo en el cual caer.
domingo, 9 de mayo de 2010
“Carta a los directores de asilos de locos" de Antonin Artaud
Señores:
Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?
No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.
¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.
No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.
Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.
Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza.
Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?
No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.
¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.
No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.
Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.
Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza.
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